En pocos años
varios países latinoamericanos han experimentado una rápida expansión de los
préstamos estudiantiles. Esta expansión provino del aumento del número de
estudiantes y el surgimiento de nuevas universidades. Los sistemas financieros
nacionales fueron capaces de ofrecer los préstamos, y ahora el debate se centra
en el peso de la deuda y sus implicancias.
Cuando una
gran proporción de la población se apalanca, es normal que surjan problemas y
controversias. La masificación de la educación superior plantea un desafío a
las personas mayores que se sentían cómodas con el statu quo ante.
La rápida
expansión de los préstamos estudiantiles plantea un desafío a un nivel
visceral. Están profundamente arraigados en nuestras estructuras subcorticales
la aversión al endeudamiento y un prejuicio hacia las personas que deben
dinero. Esa fobia primigenia ha dejado, en muchos países, una actitud
excesivamente punitiva respecto a las deudas personales. Es un lugar común oír
comentarios despectivos sobre las personas que han contraído deudas de manera
irreflexiva, y muchos cometen el nocivo error de asimilar la deuda estudiantil
con la deuda de consumo. Estos dos tipos de deuda no son lo mismo y deben ser
tratados de manera diferente.
Los
estudiantes contraen deudas para robustecer su formación. Al recibir esta
formación, se producen dos tipos de ganancia. Uno es un mayor poder adquisitivo
futuro, y un pensamiento más robusto sobre una amplia gama de temas. El segundo
es la ganancia que obtiene toda la sociedad al tener una persona más productiva
y sofisticada participando y contribuyendo.
Los
estudiantes sólo pueden capturar la primera ganancia; la segunda es una
externalidad. La ganancia externa es la base racional para subsidiar la
educación. Las preguntas pertinentes son cuánto subsidiar y cómo financiar el
costo de los subsidios. Son decisiones que cada país debe tomar, y el proceso
decisional puede ser largo y dificultoso, pero ya está ocurriendo y están
surgiendo algunas respuestas.
Un lamentable
efecto secundario de este proceso es que los estudiantes están enfrentando un
dilema que no debieran tener en el momento de decidir si postulan o no a la
universidad. Lo ideal sería que tuviesen la certeza de contar con el financiamiento
y la capacidad futura de pagar.
Estos
estudiantes debieran ser buenos clientes potenciales de las instituciones
financieras. Considerando sus mayores horizontes de ingresos, son, en conjunto,
mejores clientes potenciales para los servicios financieros que una cohorte sin
educación universitaria. Esta afirmación asume, por cierto, que habrá empleos
que paguen salarios lo suficientemente altos para pagar las deudas contraídas.
Asume también que las tasas de interés de los préstamos estudiantiles, y los
calendarios de pago, estarán también dentro del rango adecuado para no recargar
excesivamente a los estudiantes.
Las
instituciones financieras privadas tienen un papel que desempeñar, pero hasta
ahora la división de papeles entre las instituciones privadas y las agencias
estatales ha sido ad hoc, improvisada y en muchos aspectos insatisfactoria. Las
instituciones financieras privadas quisieran escoger con pinzas su pool de
deudores, ofreciéndose para trabajar con los que tienen una mayor probabilidad
de ser clientes rentables de por vida. También quisieran deshacerse de los
deudores que no parecen demasiado promisorios.
Esta división de la clientela pone el tema de
los préstamos estudiantiles en perspectiva. Chile, por ejemplo, enfrentará una
carga del orden de los US$5.000 millones en 2016. La cifra podrá parecer
sobrecogedora, pero sólo una fracción será pagada por la sociedad. Casi 60% de
la cifra global puede ser cancelada en términos comerciales normales, sin
subsidio, pero con refinanciamiento y extensiones de plazo puntuales. Del 40%
restante, una fracción puede ser cancelada con algún nivel de quita. Ver el
problema en estos términos muestra que no se trata de algo inmenso, pero sí un
desafío. ¿Cuánto rigor impondrá Chile a los deudores más problemáticos? En los
próximos meses y años lo sabremos.
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