Las grabaciones
clandestinas y las interceptaciones telefónicas se están convirtiendo en moneda
corriente en la política peruana. Poco importa que estas sean prácticas a todas
luces ilegales. Los medios de comunicación suelen recrearse en ellas y armar
escándalos que poco tienen que ver con brindar información a la ciudadanía y sí
más bien con golpear a determinado objetivo político.
Este gobierno ha
resultado caserito de estas prácticas. Es muy difícil saber exactamente quién
las hace, si se ordenan desde Palacio, si son los servicios de inteligencia por
su cuenta, por último si es algún servicio privado, recordamos el caso de
Business Track y los petroaudios. Pero, definitivamente tiene que ser alguien
muy cercano al poder político, por la sofisticación técnica y logística de la
operación y los objetivos que escoge. El que sea cercano al poder no significa
que sea el centro del poder mismo. Puede ser que se trate de alguien,
organización o persona, que quiera conducir las decisiones de las más altas
esferas en un determinado sentido.
En cualquier caso,
las escuchas ilegales y su posterior difusión, muestran un método de hacer
política contrario a la transparencia propia de la democracia. Son los usos,
más bien, de los poderes fácticos, ajenos al escrutinio de las instituciones,
los que quieren ejercer su influencia desde las sombras para obtener
determinados resultados.
En el caso de las últimas escuchas se difunde además el propósito del gobierno de Ollanta Humala de dejar impunes las ejecuciones extrajudiciales ocurridas durante la operación de rescate de los rehenes en la Embajada del Japón. Se continúa con la peregrina tesis de que aceptar la existencia de las mismas es manchar la operación, cuando lo que se investigaba era la presencia o no de un comando paralelo, los denominados “gallinazos” que habrían llevado a cabo estas ejecuciones. Este es un propósito claramente contrario a una política de derechos humanos que busque la verdad y la reconciliación entre los peruanos.
¿Quién podría
haber ordenado esta grabación? El propio Humala, difícilmente, porque lo que
parece es que los enviados del Ejecutivo seguían instrucciones suyas. ¿Algún
organismo defensor de los derechos humanos? Tampoco porque no suelen caer en
esas prácticas malsanas. Quizás alguien o algunos interesados en volver a
levantar el tema Chavín de Huántar para debilitar al gobierno en el asunto y
convertirlo en un rehén aún más sometido a políticas anti terroristas que
quieren ver al enemigo en todas partes.
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