¿Pepe, cómo se le ocurre al gobierno pretender
comprar Repsol? Pues, Manolo, yo no lo veo mal, hay empresas estatales en todo
el mundo, mira Codelco o Petrobras. No, no, el Estado ha demostrado ser incapaz
como empresario, debe dedicarse a lo que debe dedicarse y dejar la actividad
empresarial para quien sabe: la empresa privada. Esta conversación, que pudo darse
innumerables veces cuando se avecinó el tornado de la posible compra de Repsol
por Petroperú que no llegó a tocar tierra, podría ser la eterna discusión entre
quien no cree en la empresa pública y quien sí lo hace. No obstante, se trata
de una charla que plantea muchas cuestiones sobre la actividad empresarial del
Estado, especialmente respecto a sus límites y a la gestión actual de las
empresas públicas.
La historia del ineficiente rol del Estado como empresario parece no
dejar dudas a los economistas. Brecha fiscal, corrupción, mala asignación de
recursos o ser una agencia de empleo de la administración de turno son algunos
de los ‘hitos’ que se atribuye a las empresas públicas locales, gestadas al por
mayor durante el gobierno militar de Velasco Alvarado.
“Durante los ochenta las empresas públicas llegaron a vender un tercio de la economía y el manejo fue el de un botín, que como resultado llevó al Estado a perder US$50.000 millones”, dice Carlos Adrianzén, decano de la Facultad de Economía de la UPC. “Se dice mucho en los medios que durante los noventa las empresas públicas eran un desastre. Eso es innegable”, reconoce Titto Almora, director ejecutivo del Fondo Nacional de Financiamiento de la Actividad Empresarial del Estado (Fonafe), quien asegura que las discusiones sobre la empresa pública suelen centrarse en lo que sucedió en el pasado. Cabe preguntarse entonces ¿es el caso de las empresas públicas un típico “cría fama y échate a la cama”?
El presente de las empresas estatales poco o nada tiene que ver con el
de décadas atrás, y actualmente bajo el paraguas del Fonafe se encuentran 35
empresas públicas, que sobrevivieron al proceso de privatización emprendido en
los noventa y que suponen el 5,85% del PIB. Se trata de compañías de generación
y distribución eléctrica, infraestructura, transporte, hidrocarburos,
remediación, financieras y de servicios varios, a las que se suman empresas
públicas municipales, 14 en liquidación (entre ellas el Banmat) y otras como
Petroperú, con las que llegarían a superar el centenar.
El crecimiento en términos económicos de las empresas estatales es uno
de los objetivos del plan estratégico corporativo de Fonafe 2013-2017, como lo
es también el crear valor social, una actividad que hasta ahora no se mide a
través de indicadores por los planes estratégicos institucionales de sus
empresas. “Si fuéramos una empresa privada, el mapa sería diferente. En nuestro
caso impulsar el crecimiento económico y social deben estar en el mismo nivel
en nuestra estrategia”, dice Héctor Buzaglo, gerente de planeamiento y
desarrollo del fondo. Este nuevo plan, que está en su primera etapa, tiene por
objetivo precisamente establecer un rumbo y una estrategia compartidos por sus
empresas para gestionarlas corporativamente con transparencia y eficiencia.
Para economistas como Juan José Marthans entre las trabas del Estado
figura la ineficiencia con la que se manejan los recursos públicos, la falta de
competencia y profesionalidad de buena parte de los funcionarios y el
sobredimensionamiento de las empresas. “No creo que todo sea un desastre
tampoco. Hay empresas que en el fondo están bien calibradas”, añade, no
obstante.
“No se puede generalizar, pero no veo a una empresa estatal muy mal
gestionada. Creo que sí podrían estarlo mejor”, coincide la economista Cecilia
Blume, directora de CB Consult. Para Blume, quien destaca la gestión de
Electroperú o Serpost, el Fonafe está haciendo un esfuerzo serio, pero es
necesario que el Estado decida qué va a hacer con las empresas.
Carlos Adrianzén en cambio se muestra tajante respecto al manejo de la
empresa pública en el Perú y considera que no hay ejemplos de empresas públicas
bien manejadas, y estas no existen sin licencias monopólicas. “Estas empresas o
mueven fondos del Estado o viven de licencias de explotación al consumidor
llamadas licencias monopólicas”, dice el economista.
Competencia empresarial. La Constitución peruana –explica César Peñaranda,
director ejecutivo del Instituto de Economía y Desarrollo Empresarial de la
Cámara de Comercio– establece que la acción del Estado como empresario puede
nacer solo como subsidiaria, y la legislación peruana establece que las
empresas que se encuentran bajo el Fonafe deben tener el mismo tratamiento
legal que cualquier empresa privada en ejercicio de su actividad.
No obstante, empresas como el Banco de la Nación o Petroperú, fuera de
este esquema, compiten con compañías de sus respectivos sectores. “El Banco de
la Nación no es igual que el resto porque no está supervisado íntegramente por
la Superintendencia de Banca y Seguros, pero compite con los otros. Es
competencia desleal”, señala Peñaranda.
En la acera opuesta está el congresista Manuel Dammert, quien afirma que
la presencia de las empresas públicas asegura la competencia. El parlamentario,
impulsor de un proyecto de ley para fortalecer Enapu, aboga por mejorar la
eficiencia de las empresas públicas y cotizar parte de sus acciones en bolsa.
La venta de su accionariado es una propuesta secundada por Cecilia Blume, quien
asegura que sacando sus acciones en bolsa se transparentaría su gestión y
propiedad. “Yo sacaría un porcentaje de las acciones de Petroperú a bolsa, y no
sería la única”, dice la ejecutiva, que vendería el 100% de Editora Perú.
El estudio “Eficiencia del gasto en el Perú”, del Instituto Peruano de
Economía (IPE), se planteó precisamente el porqué de la existencia de las
empresas públicas en 2008, y concluyó que de las 119 existentes por aquel
entonces el 68% se mantenía porque se trataba de compañías estratégicas,
mientras que 18 de ellas no tenían ninguna justificación económica. Para los
autores de este papel, sin embargo, podría justificarse únicamente la
permanencia en el sector público del Banco de la Nación, el Fondo Mi Vivienda,
Cofide, Enaco y Perupetro.
Según Titto Almora, del Fonafe, en el pasado las empresas públicas
respondían a un tratamiento completamente diferente al actual, en el que las
inversiones son financiadas por las propias empresas públicas. “Uno de los
problemas que existió anteriormente es que el Tesoro pasaba dinero a las
empresas, que invertían y se endeudaban, y todo terminaba siendo un desorden.
Ahora el tema presupuestal se maneja en Fonafe”, explica Almora.
La reinversión de las utilidades de sus compañías es uno de los cambios
establecidos en el plan de gobierno de Ollanta Humala, que planteaba la
potenciación y modernización de las empresas estratégicas del Estado y que
contemplaba además el funcionamiento como holding del fondo, la posibilidad de
formar consorcios con socios privados y públicos, y la oferta en la bolsa de
valores de acciones como opción de financiamiento no obligado. Hoy únicamente
Electroperú e Hidroandina cotizan en bolsa.
Lazos políticos. El vínculo directo con el poder político es, según Santiago Roca,
docente de ESAN, uno de los aspectos que caracterizaba a las empresas públicas
años atrás, pero que ha mejorado. “Antiguamente había un control directo
político”, dice Roca, para quien las empresas públicas pueden contribuir más
que las privadas al país si son manejadas eficientemente y con reglas claras.
Pese a ello, actualmente las empresas públicas no están exentas de
conexión política, pues el directorio del Fonafe está formado por cinco
ministros de Estado, por lo que su designación depende del presidente de la
República y el nombramiento de los gerentes de las diferentes compañías, del
mismo directorio. El mismo plan estratégico corporativo 2013-2017 del Fonafe,
basado en las entrevistas realizadas por la consultora Gerens, reconoce que la
actividad empresarial del Estado se ve fuertemente influenciada por diversos
factores políticos, circunstancia que se manifiesta en ese nombramiento, entre
otras cosas.
El Fonafe, según su director ejecutivo, Titto Almora, tiene intención de
incluir directores independientes en sus empresas y gerentes capacitados. “Nos
afecta que haya mucha rotación de directores. Para nosotros es muy importante
poder conseguir directores independientes en las compañías y estamos viendo el
mecanismo para atraerlos”, explica Almora. “Para mejorar la gestión son
necesarias gerencia y directorio profesionales y no hacer de las empresas
públicas espacios donde van a recalar amigos”, dice Cecilia Blume, quien
asegura que ha llegado a ver en el directorio de Petroperú a un funcionario con
un curso sobre petróleo de unas semanas.
Los salarios de los funcionarios de las empresas públicas, no obstante, no
juegan a su favor, y en el caso de los puestos gerenciales la brecha respecto
al sector privado, según Almora, es del 60%. “Nuestra oferta económica no es
necesariamente competitiva, pero la estamos cambiando”, dice el director
ejecutivo de Fonafe. La corporación trabaja en colaboración con una
multilateral para poder acceder a consultores de primer nivel que les permitan
trabajar en el cambio hacia un enfoque más corporativo y eficiente.
El Fonafe, además, tiene previsto acercarse más a la empresa privada y
planea ejecutar proyectos de inversión mediante asociaciones público-privadas
(APP) u otras modalidades de inversión conjunta, posibles tras la aprobación de
un decreto legislativo al cierre de esta edición.
Pese a la voluntad de cambio del Fonafe, que espera que las nuevas
mejoras cambien la percepción de la empresa pública, para los economistas
Carlos Adrianzén, César Peñaranda, y Eduardo Ferreyros, gerente general de
Comex, la privatización sería la mejor opción. “No creo que el Estado deba ser
empresario, sino que debe concentrarse en ofrecer seguridad a los ciudadanos,
justicia y promover la infraestructura del país”, dice Ferreyros. “Las empresas
públicas son un obstáculo al crecimiento; cualquier empresa que cueste más de
lo que produce lo es porque extrae recurso”, dice a su vez Adrianzén, quien
destaca que Petrobras es la empresa más endeudada del mundo en el segmento
petrolero.
Para César Peñaranda, que participó en el proceso de privatización de
los noventa, si bien por definición la empresa pública no tiene por qué ser
mala, deberían privatizarse todas las compañías donde el Estado lo puede hacer
mejor y crearse superintendencias que regulen.
Juan José Marthans, por su parte, propone un cambio estructural no solo en las
empresas públicas sino también en todo el Estado, a través de una reingeniería
a todo nivel, esbozada por empresas de primer nivel y cuya propuesta de reforma
se convierta en política de Estado. “Debemos tomar conciencia de la magnitud de
las limitaciones que tenemos con el Estado, y a partir de ahí replantear el
sector público para la conveniencia de todo el país”, dice el docente.
Desde una posición u otra respecto a la existencia o no de las empresas
públicas, los especialistas consultados coinciden en la necesidad de un cambio
en la gestión de estas compañías. Queda por ver si los cambios propuestos por
el Fonafe transforman la imagen actual de la empresa pública, o por lo menos de
quienes creen que debería mantenerse.
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